Hay lugares, como Amalfi o Nueva York, cuya belleza aumenta si se llega desde el mar. Si creemos a Edmondo de Amicis, Estambul ha de estar entre ellos. Su amigo Enrico Junck y él —«un atrevido pintor de veinticuatro años» y «un mal poeta de veintiocho»— arribaron en 1874. De su experiencia debía surgir un libro ilustrado, con texto de Amicis y dibujos de Junck; pero el pintor no pasó de los bocetos, y su muerte prematura haría que Constantinopla se publicara en 1877 sin más aportación que la de Amicis. Del libro dijo Orhan Pamuk —quien escribió también sobre Estambul justo antes de ganar el Nobel— que es el mejor de cuantos se han dedicado a su ciudad, seguido de cerca por otro clásico de Théophile Gautier impreso en 1853. De ambos quiero hablarles hoy.

El relato de Amicis, publicado en dos tomos entre el 77 y el 78, fue muy pronto traducido a muchas lenguas europeas, incluyendo la versión española del 83. Los mismos editores —los hermanos Treves, de Milán— lanzaron en 1882 esta lujosa impresión en un volumen de mayor tamaño, enriquecida con 200 grabados de Cesare Biseo. El artista, que en 1875 había estado en Marruecos con Amicis, visitó por encargo Estambul con el texto, después de que Junck —fallecido en Pisa a finales del 78, con solo 29 años— dejara huérfano el proyecto. Aquí tienes algunas obras orientalistas de Biseo; aquí puedes leer un artículo sobre el viaje de Amicis y el papel que tuvo Junck; aquí, más información sobre Junck.
A pesar de su juventud, De Amicis era un experto viajero. Nacido en Oneglia en 1846, con dieciséis años había escrito su primer libro, era oficial con diecinueve, y enseguida luchó en los combates por la independencia italiana. En los setenta, su puesto de corresponsal en La Nazione le hizo conocer España, Holanda, Inglaterra, Francia y Marruecos; pero Estambul era otra cosa para él. Para sentir su emoción al llegar, «se necesita —dice— haber acariciado aquel deseo por espacio de diez años consecutivos; haber pasado muchas noches de invierno mirando melancólicamente el mapa de Oriente; haberse caldeado la imaginación con la lectura de cien volúmenes; haber recorrido media Europa tan solo por consolarse de no haber visto la otra media». Se inquietó bastante cuando, tras horas de insomnio, una densa niebla matinal cubría su ansiado destino. No duró mucho, por suerte, y Edmondo pudo al fin contemplar, desde el Cuerno de Oro, cómo Scutari, Gálata y Pera se funden con la histórica Constantinopla para formar «el más hermoso lugar del mundo».

Apenas se recuerda a Edmondo de Amicis —a la izquierda—, y no muchos saben que en su novela Corazón —de 1886— se incluye el relato «De los Apeninos a los Andes». A la derecha, Marco en la portada del célebre anime japonés de los setenta. Como Tico en Willy Fog, el monito Amedio es una invención televisiva. Puedes leer más aquí y aquí.
Al visitante actual le sigue siendo familiar lo que describe Amicis: los perros callejeros de Estambul, que «constituyen una segunda población de la ciudad»; los mercaderes del bazar, que de inmediato identifican nuestro origen y «rara vez se equivocan de lengua al dirigirnos la palabra» —«¡Monsieur! ¡Captán! ¡Caballero! ¡Signore! ¡Eccellenza! ¡Kyrie! ¡Milord!»—; o la legión de musulmanes «rabiosos de hambre» que, en Ramadán, se agitan nerviosos durante horas hasta que el ocaso los convierte en un único «monstruo de cien mil bocas que muerde y devora». Pero quiero quedarme aquí con lo que Amicis observa en el carácter musulmán; y más concretamente, con el concepto de kief.
El kief es «la suma aspiración del turco», y se reduce a «ser espectador inactivo del gran teatro del mundo». La idea no sorprende a quien pasee por las calles de Estambul o Marrakech; pero leamos algo más en los párrafos de Edmondo: «Haber comido parcamente; haber bebido un vaso de agua corriente; haber dicho las oraciones de ritual; sentir la carne y la conciencia tranquila y sin deseos; hallarse sentado a la sombra de un árbol en un punto desde el cual se divise vastísimo horizonte, siguiendo con la vista las palomas del cementerio vecino, los bajeles lejanos, los insectos próximos, las nubes del cielo, el humo de la pipa, pensando vagamente en Dios, en la muerte, en la vanidad de los bienes terrenales, en la dulzura del reposo eterno, en otra vida… he ahí el kief». Dicho así, es difícil no pensar en la ataraxia griega o la aurea mediocritas romana. Pero este ideal de los sabios estoicos no es lo que a Amicis le viene a la mente, y —quizá por prejuicio— prefiere ver el kief como apariencia: «La tranquilidad sirve de máscara al ocio, la dignidad al orgullo, la compostura de los semblantes graves, que sirve de indicio de profundos pensamientos, esconde la inercia mortal de la inteligencia; y aquello, en fin, que se toma por templanza nacida de la civilización y la cultura, no es sino falta de vida y actividad verdadera». El turco es gentil y bondadoso —dice Amicis—, su vida es sencilla y moderada, pero ni eso ni su fe son virtudes verdaderas, pues «esa religión no se opone a ninguna de sus tendencias ni a ninguno de sus intereses». Si no se siente «avidez de saber, ni fiebre de ganancias, ni furor por los viajes, ni pasiones vagas o inagotable sed de amor o ambición», ¿qué mérito hay en la ataraxia musulmana? Sin culpa y sacrificio —sin Occidente—, no hay valor real.

Fausto Zonaro (1854-1929) es otro de los mayores exponentes del «orientalismo» italiano. Tras leer el libro de Amicis, se instaló en Constantinopla con Elisabetta Pante en 1891. Sus contactos crecieron hasta que —en 1896— fue nombrado pintor de la corte por intercesión del embajador ruso, para el que había hecho varios encargos. El sultán le pidió diversos cuadros y le obsequió con un palacio en el distrito de Akaretler. Sus cinco hijos nacieron en la ciudad, y no se marcharía hasta 1910, tras la toma del poder por los Jóvenes Turcos. Fue, por tanto, el último pintor de la corte imperial. En la imagen, su representación del puente de Gálata. Puedes leer sobre él y ver algunas de sus pinturas aquí y aquí.
Théophile Gautier también llegó a Estambul por el Cuerno de Oro —«un decorado de ópera en una pieza mágica», dice del paisaje que recibe al barco—. En compañía del arquitecto Charles Garnier, que después diseñaría la Ópera de París, recorrió la ciudad durante un par de meses. Los capítulos de su Constantinopla fueron saliendo en La Presse entre 1852 y 1853, antes de reunirse como libro. Entre nosotros se edita de vez en cuando su Viaje a España —de 1843—, y hace poco que Hiperión rescató los poemas que escribió en nuestro país. Pero nuestro destino es hoy Turquía.
No falta en su libro ese mundo «ocupado en no hacer nada con una conciencia admirable», donde «la gente pasa el día sentada sobre una estera sin moverse en absoluto»; y tampoco él se priva de opinar que «los pueblos regidos por la ley del fatalismo poseen en parte la pasividad serena de los animales». Pero creo encontrar en Gautier, aun así, a un paseante más abierto al aprendizaje; y lo veo especialmente cuando habla de la convivencia cotidiana con la muerte.

Dos imágenes de Gautier: a la izquierda, posando en 1857; a su lado, orientalizado en una caricatura de Hippolyte Mailly publicada por Le Hanneton en 1867. Aquí tienes más datos sobre su vida y obra; y aquí puedes visitar la Société Théophile Gautier, con infinidad de recursos y retratos del autor y sus contemporáneos. Pincha las fotos para ampliarlas.
Gautier fue siempre un experimentador nato. De ideas revolucionarias y vida bohemia, formó parte del efímero Petit Cénacle —donde Baudelaire y él, junto a Nerval, Borel y otros cuantos, pretendían escandalizar a la burguesía con su excentricidad— y del Club des Hashischins, al que se unió para fumar hierba durante un tiempo. Por ese afán, o por cualquier otra razón, Gautier se siente atraído por los cementerios de Estambul. Mientras que una visita a Montmartre o Père-Lachaise le provoca una «fúnebre melancolía durante varias jornadas», en Turquía disfruta fumando su pipa sentado en una tumba: «Sin embargo —dice—, solo una delgada lámina de mármol me separaba de un cuerpo enterrado a pocos centímetros de la superficie». ¿Por qué allí no se asusta ni se cree irrespetuoso? La causa es clara: «En Oriente la muerte se mezcla con la vida con tanta familiaridad que ya no se tiene miedo». El cementerio está en el corazón de cada barrio: hay gallinas picoteando y gatos que duermen al sol, mientras la colada se seca con calma entre dos árboles. «Esta familiaridad, que en principio parece impía, es en el fondo más tierna que nuestra supersticiosa reserva».
Ajenos a la «sombría poética del horror» que el cristianismo le ha dado a la muerte, los cuerpos no se ocultan en las afueras «como objetos siniestros». En la parte antigua del cementerio de Scutari, Gautier ve las tumbas más ajadas: «En vano pegué mis oídos a aquellos ataúdes entreabiertos. No distinguí otro sonido que el de la lombriz excavando su guarida». Entre las grietas asoma la mueca de una calavera, «con sus mandíbulas dislocadas y sus órbitas huecas». Tranquilo, no es más que fosfato de calcio: «A la sombra de estos serenos cipreses, un cráneo humano no me conmovía más que una piedra, y el apacible fatalismo oriental se apoderó de mí a pesar de mi terror cristiano a la muerte y mi concepción católica sobre los sepulcros». El flâneur continúa, «flanqueando mármoles, marchando sobre restos humanos, en calma, sereno, casi risueño», dispuesto a seguir aprendiendo de Oriente y volver al hogar —tal vez— un poco más feliz.



