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Mientras visitaba los restos de la Grecia antigua, Samuel Butler coincidió con un grupo de eruditos alemanes. Fiel a su costumbre, no tardó en explicarles que —según sus pesquisas— la Odisea no es obra de Homero, sino de una joven siciliana. «Lo hice más que nada por chincharles, pues no me gustaban un pelo», dijo luego. Y eso mismo es lo que pasa con La autora de la Odisea: que algunos dudan si Butler piensa realmente lo que escribe o si se trata, más bien, de una broma para irritar a los «eminentes académicos homéricos». En cualquier caso, los alemanes le retiraron el saludo.

Samuel Butler nació en una pequeña localidad de Nottinghamshire en 1835. Destinado a ordenarse en el clero anglicano, perdió la fe y se alejó de su familia emigrando a Nueva Zelanda en el 59. A los cinco años regresó, y en 1872 publicó su obra más famosa: Erewhon, una novela satírica y distópica sobre el futuro de las máquinas, para la que lanzó una secuela en 1901. La sociedad victoriana fue el objeto de su ataque en estos y otros textos, como su título póstumo El destino de la carne. En Nueva Zelanda existe aún un lugar llamado Erewhon en su honor, y hay calles con su nombre en Erice y en Sasi (Sicilia). Este es el retrato que le hizo Charles Gogin por las fechas en que escribió La autora de la Odisea. Aquí y aquí puedes saber más sobre él.

Pero volvamos atrás. Todo empezó cuando Butler y su amigo Henry Festing Jones colaboraban en un oratorio sobre Ulises. Butler no soportaba las versiones inglesas de la Odisea, así que, décadas después de sus estudios, decidió retomar el griego original. Lo disfrutó una y otra vez y lo encontró sencillo, pero tuvo la impresión de estar ante «un acertijo que no sabía leer». Buscando respuestas, decidió traducirlo en prosa. Su Ilíada y su Odisea —pues finalmente hizo las dos— se imprimieron en 1898 y 1900, y no hace mucho a Blackie Books le pareció buena idea retraducir al español sus traducciones. Lo que ahora me interesa es que, en el proceso, Butler se convenció de varias teorías que expuso en charlas y artículos, hasta que —en 1897— vio la luz el libro en que defiende su tesis completa. Hemos tardado, pero gracias a Athenaica —y a los profesores Miguel Cisneros y Alberto Marina—, tenemos por fin una primera y estupenda edición en español de La autora de la Odisea.

El propio Butler pintó este retrato de H.F. Jones en 1882. Juntos buscarían en Sicilia el escenario de la Odisea. En la Grotta del Toro (en Trapani), donde Ulises ocultó supuestamente su tesoro, Butler tomó esta otra foto de Jones en 1896. Tras la muerte de Butler en 1902, su amigo escribió una biografía en dos tomos que puedes leer aquí y aquí. Aquí y aquí tienes las versiones de los dos poemas homéricos.

Butler presenta infinidad de ideas, pero se pueden reducir a cuatro: que la Odisea la compuso una mujer; que lo hizo en Sicilia, y no en Grecia; que los viajes de Ulises se inspiran, en su mayor parte, en los lugares que rodean la isla italiana; y que la poeta tuvo ya a su alcance la Ilíada como hoy la conocemos. Hay que reconocer que esto último es bastante convincente; lo cual no es decir mucho, pues casi todo el mundo acepta —y aceptaba— que quienquiera que escribiera la Odisea conocía al dedillo la Ilíada y la citaba a su antojo —más aún, claro, si ambas salieron de la misma mano—. Que Ulises se perdiera por Sicilia —aunque no tanto como Butler sugiere— tampoco es novedoso, ya que Escila y Caribdis suelen identificarse con el estrecho de Mesina y es habitual situar en la isla la cueva de Polifemo. Pero las otras teorías son casi subversivas: «Una sola de estas dos ideas tan sorprendentes —afirma con obvio disfrute— ya es mala por sí misma, pero dos se consideran algo intolerable». Para él son verdades evidentes, aun así: si no se han «redescubierto» antes, es porque sobre ellas cayó «la enorme montaña cuasi geológica de la erudición académica».

Un factor que puso alerta a Butler fue «la errónea descripción que en la Odisea se hace de las Islas Jónicas» —en el mapa de arriba—. Según el texto, 12 de los pretendientes de Penélope venían de la propia Ítaca; otros 20 eran de Zacinto; 24 de Same (identificada normalmente con Cefalonia); y 52 de Duliquio (más discutida: quizá Léucade u otra isla cercana). Butler buscó en el Mediterráneo un lugar que incluyera los hitos mencionados en la Odisea —como grutas, florestas o peñascos— y respetara mejor, según él, la disposición de las islas que se desprende del poema. Creyó tenerlo en la Trapani siciliana: desde su costa, la autora, que no conocía Grecia, habría usado como modelo Isola Grande —sin nombre en el mapa de abajo, justo encima de Marsala— cuando debía perfilar Duliquio; Same y Zacinto son Levanzo y Favignana —aunque Butler no sabe cuál es cuál—; y Marettimo es para ella la Ítaca de Ulises y Penélope. «¡Pero Levanzo impide ver Marettimo desde Trapani!», dirá alguno. Sí, pero se ve perfectamente desde la cima del monte Eryx, adonde la joven poeta sí subiría de vez en cuando.

Si el lector ha estado en Sicilia, sabrá que una sinuosa carretera une las ciudades actuales de Erice y Trapani. Año tras año, Butler recorrió los rincones de la isla, pero fue justo allí donde todo pareció cuadrarle al fin: allí estaba el monte más alto de Ítaca —el Nérito, transformado en el Eryx—; desde allí se veían las islas de los pretendientes; allí reconoció la Esqueria de Alcínoo; ¡hasta las rocas que Polifemo arrojó contra el barco de Ulises asoman aún entre las ondas del mar Tirreno! Y es que a la joven siciliana le gustaba pisar suelo conocido. Según Butler, a medida que Ulises se aleja —y llega hasta el Hades, nada menos—, la descripción pierde vida y se torna más genérica. La autora usó el aspecto de Marettimo cuando quería mostrar Ítaca «como una isla y nada más»; pero en la antigua Drépano se inspiran los paisajes de Ítaca y Esqueria, el alfa y el omega de la Odisea.

¿Cuál de sus habitantes creó la epopeya? ¿Qué deducimos? La poeta es «joven, terca y soltera». Si alcanzar tanto detalle le parece aventurado a mi lector, sepa que también es «valiente, decidida y excesivamente celosa del honor de su sexo»; es de clase pudiente y «tolera a los hombres cuando los necesita o le sirven como ejemplo, pero no se muestra muy entusiasta con ellos». Se incluyó en el poema —además—, «como sin duda habría hecho una chica capaz de escribir una obra de ese calibre»; y lo hizo en la figura de Nausícaa, la hija del rey de los feacios. Tal vez fuese «bajita y del montón» y, al retratarse como una princesa alta y hermosa, quisiera hacer reír a un público que la conocía bien: sus propios vecinos de Drépano, a los pies del monte Eryx.

En el libro VI de la Odisea, Nausícaa y sus criadas hacen la colada y juegan luego a la pelota. Todas —excepto la princesa— se asustan cuando Ulises, náufrago y desnudo, implora su ayuda. El héroe es auxiliado y pronto contará ante Alcínoo, rey de los feacios, buena parte de su viaje. Solo Nausícaa —según Butler— se describe «con tanta vitalidad y entusiasmo, y ningún otro episodio está escrito con el mismo dinamismo». Su «frescura» revela que el entorno de Nausícaa se inspira en la vida real: «El libro VI solo lo habría podido escribir alguien que se hubiera volcado en él en cuerpo y alma». En la escena se ha basado una multitud de artistas de todas las épocas: el cuadro superior es de Michele Desubleo (1601-1676); el de abajo es obra de Jean Veber (1864-1928). Aquí, aquí y aquí tienes —en tres partes— una galería de pinturas que recrean la Odisea, incluyendo varias de Ulises y Nausícaa.

Si Butler hubiera vivido hasta 1955, habría demandado a Robert Graves por seguir a pies juntillas su teoría y convertirla en un relato de ficción. Eso, al menos, pensará quien lea en español La hija de Homero, pues la edición de Edhasa omite la nota en la que Graves muestra su admiración por Butler y declara «irrefutables» sus argumentos. En un bello juego de espejos, el lector reconoce en la trama de Graves —una conjura por el trono de los elimanos, en poder del padre de Nausícaa— los detalles que la muchacha irá reutilizando en la Odisea: su hermano Laodamante perdido en el mar, Euriclea descubriendo una clave al lavarle los pies a un pretendiente, un náufrago desnudo… Todo está allí, pero cambiado; como cambiaba el mito de Ulises en manos de la joven trapanesa: «Me sorprendió descubrir —dice la Nausícaa de Graves— hasta qué punto mi imaginación infantil lo había transformado, confundiendo los incidentes y vinculándolos a escenas familiares». En esta novela-homenaje, Graves responde a su modo a la pregunta irresoluble que hace Butler: ¿sentiría aquella chica siciliana halago o enojo, si supiera que su obra se atribuye desde entonces al mayor de los poetas? Poco importa, al fin y al cabo. Porque, como constata una Nausícaa temerosa de la muerte y el olvido: «Y sin embargo, ahí están las canciones de Homero».

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Una celebración de la lectura

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