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Permítanme el capricho de cambiarle a la reina Victoria su nombre original —Queen Victoria— por el de Victorian Queer —marica victoriana—. No lo hago por frivolidad (bueno, no solo por eso), sino porque me viene al pelo como resumen de esta entrada. Quizás otro día les hable de clásicos gays hoy consagrados, como Maurice o El pozo de la soledad; pero voy a quedarme por ahora con tres libros más «subterráneos» que, aunque escritos ya entrado el siglo XX, son fruto aún de esa «moral oficial» que tuvo el Reino Unido en tiempos de la insigne reina. Los tres nos los trajo —quién si no— Valdemar en una valiosa colección que dejó de existir: Planeta Maldito.

La Hermandad Prerrafaelita fue el grupo artístico más icónico de la era victoriana. Dos condenas por conducta indecente y sodomía —en 1873 y 1874— truncaron la carrera de Simeon Solomon, miembro al que destaco por su temática homoerótica. Murió en 1905, víctima del alcoholismo y sin haber vuelto a exponer. Aquí puedes visitar un archivo dedicado a él, donde se recogen casi todas sus obras; y aquí hay más datos sobre la Hermandad. En la imagen, Los que duermen y el que vela, un cuadro de 1867.

A Lytton Strachey lo conocemos bien por su amistad con los Woolf y el Círculo de Bloomsbury. En España se editan a veces su biografía de la reina Victoria y su estudio sobre Isabel I y el Conde de Essex, aunque es en Victorianos eminentes —de 1918— donde se muestra más irreverente con un mundo ya extinguido. Consciente de la dificultad de este trabajo, lo posponía y se entregaba a una frenética vida social y a pequeños pasatiempos literarios. Llegamos así a Ermyntrude y Esmeralda, una mínima novelita epistolar que parodia el género libertino francés. No se publicaría hasta 1969.

Las dos muchachas que dan título al libro han terminado sus estudios y mantienen el contacto por correo. Han acordado contarse sus hallazgos sobre un enigma que las desazona: ¡de dónde vienen los niños! Es cómico que a sus 17 años no sepan nada del «asunto», pero encierra también —en su absurda exageración— una crítica a la educación de la mujer victoriana. El intercambio epistolar es delirante. «¿Se pueden tener niños sin estar enamorada?», pregunta una; y la otra responde: «Una cosa está clara, estoy segura de que tiene algo que ver con esas ridículas cosillas que les cuelgan a los hombres en las estatuas, que nosotras no tenemos. Me parece que también tiene algo que ver con eso que nosotras tenemos entre las piernas, lo que yo llamo la cosita». Poco a poco constatan que a veces «la cosita se te alegra». ¡Quizá llamen a eso «estar enamorada»! Pero es complicado, y el vínculo entre amor y críos no acaba de aclararse: ¿se pueden enamorar dos personas del mismo sexo, aunque no puedan concebir? «Supongo que no hay ninguna razón para que no se alegren a la vez dos colitas», concluye Ermyntrude sabiamente. Pero entonces, ¿por qué se casan hombres y mujeres, mientras que, si un joven se enamora de otro, se le envía al extranjero por deshonrar a la familia? Un clérigo lo zanja al modo victoriano: «Permítame que le aconseje que se quite esas ideas de la cabeza. Esto no es asunto apto para una mente tan pura como la de usted. Hay tentaciones, terribles tentaciones. No les haga caso, huya de ellas como huiría del propio Maligno».

Arriba, Lytton Strachey y Dora Carrington. Desde la Primera Guerra Mundial, el escritor y la pintora mantuvieron una relación platónica, a la que luego se sumó el amante de Lytton —Ralph Partridge—. Ralph y Dora se casaron en 1921 para facilitar la convivencia de los tres, aunque Partridge se unió pronto a la escritora Frances Marshall, conectada también al Círculo de Bloomsbury. Tras la muerte de Strachey en 1932, Ralph y Dora se separaron. Entre los otros amantes de Strachey, estuvieron el economista John Maynard Keynes y el editor Roger Senhouse, con quien mantuvo en secreto un affaire sadomasoquista. Su vida con Dora y Ralph inspiró la película Carrington, con Emma Thompson: aquí está entera. Aquí puedes leer más sobre Strachey, al que tienes abajo en un retraro de la propia Dora.

Mi segundo invitado es Ronald Firbank, otro de esos dandis al estilo de Wilde, cuyo decadentismo esteticista —unido al consumo de alcohol y alguna que otra droga— escandalizaba a quienes se aferraban a una moral ya caduca. Muchos decadentes se sintieron llamados al catolicismo, menos como doctrina que como estética del misterio y el ritual. El caso más célebre es el de Huysmans, ya que venía del satanismo; pero no hay que olvidar a Dowson o Rolfe. Y tampoco a nuestro Firbank, aunque la homosexualidad enturbió bastante su visión de la Iglesia. Admirado por Forster, Waugh y Hollinghurst, muy poco —aun así— se le ha traducido al español.

Valmouth —de 1919— no es para cualquiera: el argumento apenas puede recibir tal nombre y los diálogos son tan desenfrenados que uno se pierde fácilmente. Pero tampoco importa, porque nada impide disfrutar de la frivolidad de un balneario poblado por centenarios de la alta sociedad. No se explica por qué viven tanto, ni falta que hace. «Después de tu superexcelente champagne —suelta una mujer—, siento que una debería ir descalza, en peregrinaje hasta Nuestra Señora, y encender una vela o dos». «¡Querida mía, creo que tienes tendencias latentes!», le contesta otra. Y así página tras página, mientras la trama sigue a un heredero que, pretendido por varias damas, elige a una negra que cecea —el propio Firbank prefería a los chicos de color, por lo visto—. «Me habría teñido de negro para ti», dice la pobre Thetis; al tiempo que otras no ven para tanto la noticia: «Bueno, si nos ponemos a ello, la propia Eulalia, esta noche, está un poco más que sucia». El erotismo no falta, por supuesto: desde un criado incómodo porque «el padre Mahoney me ha vuelto a pedir que vaya a su habitación», hasta la señora que exclama que una vez miró «bajo el delantal de un obispo».

Henry Scott Tuke es otro pilar del arte queer inglés. En 1885 se estableció en Falmouth, donde compró un bote de pesca que usó como estudio flotante. Allí se especializó en escenas marítimas de jóvenes desnudos, como este Agosto azul. La sensualidad de sus cuadros nunca es sexualidad, y rara vez se muestra la total desnudez. Aquí hay una muestra de su obra; y aquí puedes leer más sobre Firbank.

Y acabo por hoy con Teleny. Algún lector reclamará, ya que que algo de Oscar Wilde no cabe entre las obras «subterráneas» que prometí. Muy cierto, pero es que este libro no es de Wilde. Es verdad que, por razones obvias, las editoriales que se han atrevido con él —y solo conozco impresiones en Laertes y Valdemar— han puesto siempre su nombre en la cubierta; pero es más que cuestionada su autoría. Todo empezó porque un librero de la época escribió en sus memorias que Wilde le llevó un manuscrito cerrado en 1890, pidiéndole que se lo diera a alguien que pronto lo recogería. Esa segunda persona lo guardó por un tiempo y luego lo llevó a la librería con las mismas instrucciones; y el proceso se repitió varias veces hasta que el texto regresó a las manos de Wilde. El librero, que también editaba literatura erótica, no pudo resistirse y abrió el paquete. Encontró una novela más o menos pornográfica, y concluyó que era el trabajo de varios autores. Otros han querido imaginar que es un texto secreto que Wilde dio a leer prudentemente a sus amigos; pero, leyéndolo, no me cabe duda de que el librero tenía razón. La variedad de tonos y estilos es tan grande que no puede atribuirse a Wilde, como máximo, más que alguna de las secciones. Se trata de un juguete literario, y parece que el círculo de Wilde se fue pasando un relato que iba creciendo de mano en mano. Un conocido editor de pornografía se hizo con él e imprimió 200 ejemplares, algo alterados, en 1893.

Se desconoce la sexualidad de Aubrey Beardsley, pero su presencia en el arte queer es obligada. La sensualidad oriental de sus ilustraciones —como esta Salomé diseñada para su amigo Oscar Wilde— y la lubricidad de su Lísistrata impactaron a la moral victoriana. Aquí puedes ver sus dibujos para estos dos libros. Se convirtió al catolicismo —como Firbank— poco antes de morir. Tenía solo 25 años.

La pasión del narrador por un pianista húngaro se presenta con todo detalle, y hay hasta orgías y sociedades secretas de corte sexual. Pero, hablando de moral victoriana, me interesan los ataques a «la hipocresía cristiana» y sus «estúpidos vetos sobre cada uno de los placeres de los sentidos». En la «honorable sociedad», la de Esmeralda y Ermyntrude, clérigos y padres de familia fingen que la calle no la pueblan «borrachos de rostro bestial, arpías miserables, niños harapientos de pálida cara, viciosos y llenos de mugre, que aullaban obscenas canciones». Leer sobre esa «sociedad de ideas estrechas y oscuras, donde solo prosperan los hipócritas y los mentirosos», me hizo recordar al bueno de Alan Turing, condecorado con discreción en 1946 por su labor de desciframiento en la guerra —había secretos que preservar— y públicamente humillado seis años después en un juicio por «indecencia grave y perversión sexual», los mismos cargos que metieron a Wilde en prisión en 1895. La castración química a la que fue condenado llevó a Turing al suicidio. Otra reina lo indultó en 2013. Quizá para entonces ya no había que huir de las tentaciones como si fueran el Maligno.

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Una celebración de la lectura

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